El manuscrito encontrado en Zaragoza

Comedia mágica en dos partes basada en la novela homónima de Jan Potocki

 

    No es extraño que Nieva haya empleado la novela de Jan Potocki para construir una de sus obras dramáticas. Este autor polaco (1761-1815) muestra en la novela del mismo título una excepcional mezcla de fantasía, erotismo e irrealidad que parece formar parte de la más pura esencia del teatro nieviano.

    Potocki comenzó a escribir esta novela en 1797 y no la terminó hasta poco antes de su muerte. Consta de 66 jornadas de diferente extensión en las que Potocki pretende construir un complejo entramado de historias, a la manera de las Mil y una noches o El Decamerón, unidas por el personaje central de la historia, el capitán de la Guardia Valona Alfonso van Worden y Gomélez.

    En la zona de Sierra Morena. Alfonso van Worden sufre una serie de aventuras que tienen el carácter de pruebas iniciáticas: se pierde en el monte y se refugia en una venta misteriosa; disfruta del acoso sexual de dos moras exóticas y perversas; se despierta entre los cadáveres de dos ahorcados; deberá guardar un secreto que se le irá desvelando progresivamente; penetrará solo en las profundidades de la tierra, etc.

    La edición del Teatro Completo recoge por primera vez el texto de esta obra que fue estrenada el 3 de octubre de 1994 en el marco de la Muestra de Autores Españoles que tuvo lugar en Alicante. La Muestra la dirigió Guillermo Heras, y la obra de Nieva la puso en escena la compañía Fin de Siglo-Teatro del Laberinto, dirigida por Francisco Vidal. El 14 de junio de 1997 se representó en Polonia, con motivo de la celebración del 50 aniversario del Teatr Dramatyczny, el principal teatro de Varsovia.

    Nieva emplea como fuente de inspiración las diez primeras jornadas de la obra de Potocki reduciendo, obviamente, gran parte de la acción y eliminando muchas de las historias intercaladas por el autor polaco. Se centra Nieva en la acción central de la novela y potencia el sentido transgresor de la obra, sobre todo en su dimensión erótica, aunque mantiene el juego de irrealidad y fantasía que aparece en la novela.

    La novela, pues, se muestra como el estímulo, coincidente con los planteamientos vitales y dramáticos de Nieva, que permite a nuestro autor recrear un conjunto de personajes y situaciones donde se explayan con libertad los ideales de un romanticismo mágico.

    La perversión, el placer y la culpa, el sueño y la realidad, subyacentes en la novela de Potocki, constituyen la clave creativa para Nieva quien potencia estos aspectos por medio de un lenguaje lleno de imágenes transgresoras imbuidas del constante espíritu libre que predomina en todo su teatro.

    La novela es fundamental en la historia de la literatura, y aunque adaptar esta obra es una empresa muy arriesgada me atreví por lo fascinante de la misma y, lógicamente, mi adaptación sólo recoge una parte del contenido.

    Como en otras obras, Nieva estructura la obra como el devenir de un joven héroe en busca de su libertad a través de la inmersión en el placer y la culpa. Para ello rodea al héroe de los personajes que le incitan y envuelven en el mundo mágico, en este caso, la Juncosa y Florestán. La primera ejerce como una madre cenagosa, celestinesca y con un ápice de maldad, para provocar el encuentro entre Alfonso y las princesas tunecinas.

    La inmersión en el pecado y la transgresión de Alfonso se bifurca en la obra a través de dos polos, ya repetidos en la producción teatral de Nieva: el erotismo o el sexo y la religión. La religión es siempre una cortapisa que anula la libertad del individuo y mata las pasiones eróticas liberalizadoras del placer; al mismo tiempo, la religión implica la inmersión en el dominio de la culpa, por lo que ambos conceptos, como hemos visto en otras obras y en su teoría poética, están indisolublemente unidos.

    El erotismo y la sensualidad se ofrecen plenamente a través de las dos princesas moras, Emina y Zibedea, que se presentan como un típico personaje doble, y resumen todo el sentido de la perversión y la transgresión eróticas. Alfonso conoce el carácter pecaminoso de su relación y por ello llama a las princesas mujeres de ignominia, y ellas mismas se presentan resaltando su papel ambiguo que ofrece el placer y la culpa:

"nosotras somos a la vez ángeles y demonios, para que no nos falte ninguna gracia".

    La paradoja de la situación se expresa por medio de la antítesis, con alusiones a la tentación bíblica de la serpiente: Mis bellas atroces -dice Alfonso- Qué hierba profunda. Verde y mortal es la picadura de la serpiente. El inquisidor las relaciona con el mundo babilónico, que como hemos visto en otras obras, se convierte en la producción de Nieva en un símbolo de la transgresión sexual y libre:

"Estas no son señoras principales sino unas hechiceras fastuosas, embajadoras de Semíramis o de la reina de Saba".

Sin embargo se entrega totalmente a esta tentación porque en ella descubre lo que es el anhelo supremo, la felicidad absoluta. Como el Cambicio de El baile..., en la entrega definitiva y sin prejuicios, Alfonso se descubre a sí mismo, alcanza el conocimiento supremo de la dicha y la libertad más absoluta:

"Por fin soy libre de mis mismo y de mi pesada conciencia, soy dueño de mi alma y mi cuerpo. Soy yo mismo sin mancha. O todo mancha"

    La confusión constante entre la realidad, el sueño y la fantasía más desbordante es otro de los factores fundamentales que Nieva ha extraído de la novela de Potocki. En esta obra, el autor polaco despliega un maravilloso juego de ficción en el que se entrelazan las historias más inverosímiles de aparecidos, fantasmas, espacios subterráneos y mágicos, endemoniados, cabalistas...para crear un ambiente romántico y de misterio lleno de sorpresas. Nieva se siente atraído por este mundo que coincide plenamente con el que él había ido dibujando en muchas de sus obras anteriores.

    En este caso, Nieva mantiene los mismos impulsos irreales y los personajes se muestran también con el hálito de lo maravilloso. Como en la novela, los ahorcados hermanos de Soto se aparecen tanto como fantasmas que como seres reales. Alfonso se duerme en el placer de una noche con las princesas y amanece bajo la horca, entre los dos cadáveres que pronto se desperezan para continuar sus andanzas. El endemoniado Pacheco cuenta su historia erótica y transgresoramente incestuosa. Emina y Zibedea ofrecen un mundo mágico y quieren descubrir a Alfonso un secreto maravilloso.

    Pero Nieva lleva más allá el juego de la fantasía, e incluso en la relación sexual introduce su elemento mágico: las dos mujeres proporcionan sumo placer porque, el aya bruja -dice Zibedea- desde muy chicas, nos introduce en nuestro vano femenino un animalejo sin forma, un "rospo de Siria", que (...) desarrolla un gran instinto complaciente para los apetitos del varón.

    Todo este mundo de irrealidad convierte la obra en una confusión de planos donde los personajes oscilan entre la verdad y el sueño, el bien y el mal, la verdad y la mentira..., como si ya nadie ni nunca pudiera discernir claramente los límites de la realidad. El propio Alfonso expresa su desconcierto a la manera del Segismundo calderoniano:

"Podéis matarme, no me importa -les dice a las dos mujeres-. Si estoy soñando, ya resucitaré. Estoy preparado como cualquier rey de la tierra a que me destronen de un bofetón".

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