Las aventuras de Tirante el Blanco

Farsa épica

 

    Poco antes de 1987, había fracasado un intento de representar Salvator Rosa, que aún sigue sin estrenar a pesar de ser una de sus mejores obras. En estas circunstancias, Nieva recibe el "encargo" de José María Morera, que había dirigido Sombra y Quimera de Larra, para preparar una versión infantil de Tirante el Blanco, y así se sumerge en la lectura de un texto que le resulta enormemente atractivo y que va a dar lugar a una de las obras más sugerentes y representativas de toda su producción teatral.

    La primera idea es la de construir una comedia de caballerías y aventuras, con un tema español, a la manera de Les chevaliers de la table ronde, de Cocteau, una obra que Nieva había admirado, pero pronto da rienda suelta a su imaginación y la obra supera esta intención meramente caballeresca para impregnarse de una simbología compleja y mística. Nieva hace suyas la aventuras de Tirante, las recrea y modifica e incluso introduce personajes nuevos que potencian el significado trascendente de la obra.

"El libro excitaba mi imaginación pero no me lo tomé tan en serio como para levantarle ningún altar escénico a Martorell. (...) Lo que yo quería era obtener una buena comedia mía, basada en su particular sugestión, tomarlo como tomaron otros temas parecidos los autores barrocos del XVII, con la libertad que lo hubiera hecho Lope de Vega. Mi propósito ha sido siempre conseguir un buen "objeto" teatral que tenga un valor por sí mismo. Antes que apoyarme en una cosa, he pretendido que la cosa se apoye en mí"[90].

    Las aventuras de Tirante el Blanco se han publicado en dos ocasiones[91] sin cambios entre ambas ediciones. Se estrenó en el Teatro Romano de Mérida el 8 de julio de 1987 bajo la dirección de Juan José Granda y el propio Nieva y, en general, fue un éxito aceptable aunque gran parte de la crítica se centró en un aspecto irrelevante como era el de si la obra seguía o no fielmente el entramado de la novela de caballería. Evidentemente, este tema apenas le importaba a Nieva, quien sí vio la posibilidad de embarcarse en la creación de su propia empresa de teatro. No sin dificultades, ha podido, de esta manera, representar algunas de sus obras aunque las penurias y los problemas económicos dieron al traste con esta magnífica iniciativa en 1993.

    Como en El Baile de los ardientes, el héroe se embarca en un viaje iniciático empujado por la busca de un ideal, una ilusión que le proporcione la felicidad. El camino comienza bajo la advocación de un Dios comprensivo que, como el padre de Cambicio en El baile..., no sólo no le soluciona nada sino que le incita a buscar por sí mismo su propio destino. Dios arma caballero a Tirante y anuncia que vagará por la tierra defendiendo alguna cosa contra otra, siempre que crea llevar razón; con ideales, sin perspectiva, pero lleno de pasión y de fuego. El estímulo y el ardor de su propio anhelo son suficientes para iniciar la empresa. Como los jóvenes héroes de otras obras, Tirante se lanza al mundo impelido por el ardor de su juventud y en busca de una utopía que, en esos momentos, siempre se considera capaz de conseguir. Es lo mismo que hace, por ejemplo, el Jasón de Delirio del amor hostil.

    En este proceso, Nieva introduce a Tirante en el placer y la culpa a través de el Gran Podrido que, como el Cabriconde de El baile..., se convierte en el símbolo de la transgresión y la muerte renovadora. Sin obviar el matiz de perversión sexual que esta relación entraña, Tirante se entrega al placer, la culpa y la muerte como el final de todo idealismo y el reconocimiento de que toda la verdad debe construirse siempre en la conjunción de los contrarios.

EL G. PRODRIDO.- En mi seno de caballero luce el sol de lo abominable. Húndete en un abrazo conmigo y habrás renegado valientemente de la creación. Como premio, tendrás todo el placer robado que hizo fuerte al ángel rebelde.

TIRANTE.- (...) Si no he merecido piedad ante la amistad y el amor, si todo va a ser dolor para mí, de vuelta de todo ideal, quisiera bañarme en la culpa negra que tú me ofreces. Sí.

EL G. PODRIDO.- Con el placer para siempre, a cambio. El gran premio de los rebeldes que Dios oculta a los sumisos. (...)

TIRANTE.- Sí que voy. Lo deseo, lo quiero, soy tuyo.

    En este diálogo se resume, en gran medida, el proceso iniciático de Tirante, que, como el Cambicio de El baile..., el Silverio de Malditas..., o el Jasón de Delirio..., acaban pereciendo en el intento de conquistar su ideal pero, al mismo tiempo, descubren la verdad de la contradicción humana. El teatro de Nieva, por medio de la creación de una utopía, de un espacio de la fatalidad, no supone nunca una huida del realismo, sino, antes bien, una profundización en su esencia más pura. Esto es lo que hace decir a Monleón que el realismo de Nieva, siendo estéticamente distinto, se opone a la falsificación de la realidad[92]. Y desde luego no hay mayor realismo que la asunción de la verdad más evidente: El bien y el mal, juntos, forman un hechizo que nos confunde y que no se termina jamás- dice Tirante poco antes de morir.

    Todo el planteamiento de la obra se hace desde una perspectiva grotesca, con excelentes hallazgos líricos y dominada por un tono de humor a través de las construcciones del absurdo que permite a Nieva distanciarse de la trascendencia trágica para sumergirse en la parodia y la comedia.

El lenguaje -afirma Nieva-, sin desestimar otras cosas, es el gran mediador del teatro. Este sostenido tono de humor distanciador parece situar a todos los personajes en un limbo dorado y refrescante[93].

    Con todo esto, se puede afirmar que Tirante el Blanco es una de las mejores obras de Nieva. La novela de Martorell es la fuente de inspiración de la extrae el clima poético que domina, pero, a partir de ella, Nieva consigue volcar todas sus obsesiones, toda su compleja poética teatral, donde la dialéctica de la existencia de muestra como el constante vaivén del devenir humano.

    La estética de Nieva, entre la orgía y la revolución, alcanza en Tirante..., uno de los momentos más excelsos compendiando admirablemente el sentido profundo de la obra con la expresión artística del lenguaje más depurado y literario. No es extraño, por tanto, que Nieva la considere la obra que mejor define su modo de hacer teatro.

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